martes, 7 de mayo de 2013

ES LA CONCIENCIA DE ÉSTE PERSONAJE LA QUE NOS LLEVA A ESCLARECER UN PAÍS CAÓTICO Y HUNDIDO EN CRISIS PERMANENTE



Óscar René Oviedo Morales, Psicólogo terapeuta

Bajar el precio del pan por decreto no sería una medida descabellada en la política de un presidente: ganaría muchos adeptos y se quedaría en el gobierno posiblemente por una nueva gestión.

La novela boliviana de los años de democracia es -en mi opinión- fantasmal: nuestros novelistas hacen un uso exagerado de muertos vivientes, vivos medio muertos y todo tipo de comunicación paranormal. Víctor H. Romero hace lo contrario de principio a fin.

La narración es clara, ágil, plena de acción y en este caso, la intriga política y policial tampoco están ubicadas en un país indeterminado, fantasmagórico; al autor sólo le falta decir el nombre. Con destreza, pasa del análisis político al de los intereses privados, personales, egoístas; de la psicología del pueblo a la que corresponde a los gobernantes. Es una lectura que puede hacerse de un tirón si se dispone de unas horas.
Los hechos son descarnados como la luz de las tierras altas; con argumento y trama nítidos que se abocan al ambiente de crisis política, económica y moral del país. Es a través de la aventura de un agente policial que vivimos por dentro todas estas dificultades. Y a medida que avanzamos la lectura todo se acelera y nos sorprende con un final de alguna manera inesperado, después de haber navegado por la reflexión íntima de algunos de los personajes y habernos mudado a hechos que el narrador refiere sin perderse ni en descripciones que pudieran estar por demás ni en narraciones paralelas que podrían hacer menos concreta toda la historia.

Un agente policial ha recibido la orden de matar al presidente, pero él es leal y juega desde entonces a dos bandos. Es la consciencia de éste personaje la que nos lleva a esclarecer un país caótico y hundido en crisis permanente. Los intereses egoístas de poder político y las alianzas de conveniencia campean en medio de un pesimismo generalizado.

Sólo el presidente tiene una actitud extraña, digna de un thriller actual y recomendable para entender la realidad local. Se trata de un presidente extraño, único, peculiar el que da título a la obra: es consciente de sus defectos personales en cuanto a carencia de virtud y moral, pero ¿es vanidoso y no obstante se da cuenta de que lo es? No importa, él está convencido de que el pueblo se destruye a sí mismo, está desilusionado por lo que él mismo ha vivido a lo largo de su carrera personal. El amor a la patria y el amor a la familia están vibrando al mismo tiempo, pero el presidente ve una sociedad pegajosa en la familia y en la tradición cultural, cree que éstos son los motivos para que la patria no estar abierta a la modernidad. Tiene una visión descarnada de sí mismo pero también del pueblo, tanto, que planifica lo que nadie podría imaginar siquiera para salvar al país. Está convencido de que él no le hace daño al país. No es su propia angurria de poder sino la de los opositores la que pone en riesgo toda la empresa. 

La figura está clara.

UNA OBRA PARA UN NUEVO TIEMPO Y CON TÉCNICAS NARRATIVAS DEL PRESENTE



Manuel Vargas, Escritor

Un amigo poeta dijo una vez que, al escribir poesía, los temas de amor son los más difíciles, puesto que, aparentemente, "la poesía se hizo para escribir de amor".

En cuanto a la prosa, de la misma manera, lo más difícil es agarrar el tema político y salir con vida del intento. Pareciera que es de lo más fácil, tal vez debido a la idea de que en Bolivia existe una larga tradición al respecto. ¡Quién no critica y perora en prosa! Tristán Marof lo hizo en muchas de sus sátiras; Marcelo Quiroga, en Otra vez marzo. También me acuerdo de El honorable Poroto de Gustavo Adolfo Otero. No sé cuál de ellos salió mejor parado. Y ahora a Víctor H. Romero, se le ocurre en esta obra tomar parecidos caminos, pero en un nuevo tiempo y con técnicas narrativas del presente. Leyendo Yo, presidente, usted, lector, podrá comprobar si el susodicho salió o no salió vivo del intento.

“EL CAMBIO NO ES OTRA COSA QUE VOLVER HACIA ATRÁS…”



Emilio Martínez, Escritor

En una cuenta regresiva de efectivo suspenso, los capítulos de este libro construyen una intensa novela conspirativa, cuya estructura avanza a través de los anillos concéntricos de una investigación de inteligencia.

El recurso de la polifonía es aplicado con destreza por Romero, que alterna el relato subjetivo del “Presidente” y la mirada objetiva de un narrador omnisciente.

Se destaca la construcción de personajes, desde el paradójico teniente Saravia hasta Fabre, ministro alfil y tesorero de Dios, pasando por el cínico mandatario, quien declara que “El cambio no es otra cosa que volver hacia atrás”…

UN PRESIDENTE QUE PUDO SER CUALQUIERA DE LOS QUE TUVIMOS O TENDREMOS



Cecilia Di Marchi, Escritora

¿Qué hace que una persona ansíe llegar al poder? ¿Qué le pasa por la mente? ¿Realmente cree que puede tener un destino de líder, de mártir, de mesías? ¿Un hombre puede hacer la diferencia en un país inestable? El libro “Yo, el Presidente”, de Víctor Hugo Romero, se pone a indagar qué pasa por la mente del mandatario del país. Un presidente que pudo ser cualquiera de los que tuvimos o tendremos. 

Un hombre que se encuentra en el poder, que lo detenta, debe negociar con su pueblo para lograr un cambio –aunque por supuesto, si es para bien o para mal, es otra historia. Es, de hecho, la historia: una suma de pequeñas decisiones y de grandes cataclismos. Pero, ¿es posible lograr el cambio que se espera?

Un juego de poder. Después de dos elecciones, la imagen del presidente está desgastada. Todo el tiempo hay un malestar entre la gente, y a pesar de que siguen esperando que algo cambie, al mismo tiempo temen cualquier transformación. “Quien más le teme al cambio es aquel que siempre lo pide”, reflexiona el presidente. En este contexto, en medio de un país en crisis y conflictos continuos, se sabe que hay un complot. ¿Quién quiere matar al presidente? O, mejor, ¿quién no quiere hacerlo? 

Una trama bien lograda, una historia veloz, unas brillantes reflexiones sobre el poder al mismo tiempo que una ágil narración, esas son las características de la novela de Romero.

YO, EL PRESIDENTE: UNA NOVELA SOBRE EL PODER EN CLAVE PLURINACIONAL



Franz Flores C., Analista político

Un Presidente con dudas existenciales gobierna un país que está a punto de explotar, tanto o más como la dinamita que, días antes, vació las entrañas de un minero en pleno Congreso nacional. Un Vicepresidente con aspiraciones para sucederle en el mando, que crea propio esquema de poder, tejiendo su traición a base de servilismo y humillación. Una sociedad sumida en la crisis económica que encuentra modos para olvidar  dejándose llevar por el opio que le ofrecen los detalles de la vida íntima de su mandatario y, por último, un policía que tiene la terrible misión de matar a un presidente que, sorprendentemente, está plenamente consciente de esa fatalidad. 

La novela Yo, el Presidente de Víctor Hugo Romero es, además de una buena historia, un recorrido en torno al poder o a las personas como sujetos del poder. En cierta medida, tanto el Presidente, su potencial cuidador/asesino, así como los grupos palaciegos que se van formando en su entorno, no parecen tener dominio de lo que dominan, más aún, parecen obedecer cuando deciden, como si ellos no tuvieran mayor capacidad de maniobra sobre los asuntos del país, sino obscuras formas o sujetos que no están en un espacio específico, sino como poderes ocultos, pero efectivos y reales. Al final todos están en el poder o tienen una porción de él, pero en realidad nunca lo poseen del todo. 

A cambio, en la novela Yo el Presidente, el pueblo es el único libre, porque le está dada la virtud de la rebelión; en un pequeño instante puede entregarse a la ilusión de tener el poder de cambiar a los gobernantes y enrumbar su futuro. Al pueblo le está dado la capacidad mágica de la equivocación y de la redención: si bien ha elegido por dos veces consecutivas a su Presidente, también puede derrocar a ese sujeto Presidente que creyó que el/su poder era eterno. Sin embargo esa fatalidad adivinada por el Yo Presidente de la novela, no se vislumbra como una anomalía, sino casi como una necesidad: ese mismo pueblo que  elige en las urnas es el que derroca en las calles. 

Victor Hugo Romero es dibujante, cuentista y tiene una larga experiencia periodística. Su primera novela Yo, el Presidente, es una incursión novedosa en la literatura boliviana, no precisamente porque sea la primera que haya retratado a quienes coyunturalmente gobiernan el atribulado y fantástico país de mineros suicidas, políticos serviles, jóvenes derrumbados y ricos solemnes junto a pobres de solemnidad, sino porque es la primera novela que muestra que, más allá de lo plurinacionales de nuestros tiempos, el poder es lo único por lo que se mata y por lo que se muere.