martes, 7 de mayo de 2013

NOVELA POLICIAL COMO REFLEXIÓN DE LA ADICCIÓN Y ENFERMEDAD DEL PODER



Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Escritor

Yo, el presidente, de Víctor H. Romero, comienza como una novela que se nutre de la realidad política actual. En un momento, su personaje presidencial parece ser el alter-Evo. Vale como práctica literaria la aprehensión de lo que se necesite para hacer un objeto de arte. Y el momento boliviano es ideal en la elucubración de ideas respecto del poder y sus alcances. Buena parte de la obra pasa en ello, en las reflexiones de uno u otro, sobre el tema. 

El presidente y su entorno, con matices acentuados en un par de personajes cercanos; un policía y la soledad del suyo, con su trabajo, investigación y la perspicacia para desentramar un supuesto magnicidio que se va gestando. El libro irá en péndulo entre los dos, el mandatario y el investigador, para darnos como resultado un inesperado fin que decora este libro de inteligencia y humor negro, cosas, ambas, indispensables para el ejercicio del poder. En el detalle de este monólogo a dúo más que político, gobernante, se irán diseccionando los vericuetos del arte, o la mentira, de mandar.

En principio el lector creerá que el autor lo guía hacia tendenciosas páginas que ocultan un pronunciamiento al menos sentimental sino ideológico; se equivoca, es parte del divertimento. Como a mitad del libro la investigación del posible asesinato del presidente avasalla el antecedente del discurso sobre mando, situaciones económicas, voto popular, ambiciones, etc., parte que no podemos desdeñar ya que sin ella el epílogo carecería de sentido. 

Novela policial tanto como reflexión de la adicción y enfermedad del poder. La realidad no siempre es la que se ve, suele esconderse. El novelista recurre a la ficción para desnudarla y, por qué no, incluso desencadenarla para alivio nuestro.

NOVELA CORTA PERO INTENSA, PRODUCTO DE UNA BUENA Y SEDUCTORA HISTORIA



Homero Carvalho Oliva, Escritor

“La gente cree que ser presidente del país es hacer historia, no es así, simple y llanamente significa ser parte de una larga fila de nombres y personajes a los que el tiempo fue calificando como imprescindibles, luego prescindibles y finalmente innecesarios.

En esa lista está mi nombre, grabado en oro”, dice el protagonista de la novela Yo, el presidente, de Víctor H. Romero, una novela corta pero intensa, producto de una buena y seductora historia.

Escrita en breves capítulos que se dejan leer de una sentada, en esta obra el humor político de fina hechura es la atmósfera que sostiene un tejido que hilvana lugares comunes de la vida política nacional con la historia de un presidente que es amenazado de muerte y que desconfía de su capacidad tanto de seducir al pueblo como de gobernarlo.

La pregunta que el lector se hace al leer la primera frase que cité, es si este presidente hará historia y Víctor H. Romero va respondiendo a esa interrogante como si estuviera armando un rompecabezas en el que la última pieza es la clave de esta intrigante urdimbre.

APROXIMA AL LECTOR A UN MUNDO DE FICCIÓN EN UN ESCENARIO MUY NUESTRO



Elizabeth Paravicini, Periodista

Victor H. Romero se escabulle peligrosamente en el mundillo de la política, del poder, de los entreverados  pasillos de la psicosis de la seguridad, de los eventos, de las especulaciones, de las soledades, de la paranoia y de la supuesta inteligencia, un bicho mitológico de diez cabezas en el que una no sabe de la existencia de la otra.

Transita al lector –casi periodísticamente-  en los recovecos de la manipulación, de la adulación, del sarcasmo o la simple ironía, del doble discurso y de los velados mensajes desprendidos de diálogos, frases sueltas en las que no todo lo que se dice está dicho; quizá apenas deslizado y entendido o mal entendido.

Yo, el Presidente es una novela política que expresa la agudeza de este tipo de expresión literaria, que aproxima al lector a un mundo de ficción en un escenario muy nuestro,  con evidentes señales  de desconexión de la realidad, típico de los entornos que asfixian y enceguecen.

ES LA CONCIENCIA DE ÉSTE PERSONAJE LA QUE NOS LLEVA A ESCLARECER UN PAÍS CAÓTICO Y HUNDIDO EN CRISIS PERMANENTE



Óscar René Oviedo Morales, Psicólogo terapeuta

Bajar el precio del pan por decreto no sería una medida descabellada en la política de un presidente: ganaría muchos adeptos y se quedaría en el gobierno posiblemente por una nueva gestión.

La novela boliviana de los años de democracia es -en mi opinión- fantasmal: nuestros novelistas hacen un uso exagerado de muertos vivientes, vivos medio muertos y todo tipo de comunicación paranormal. Víctor H. Romero hace lo contrario de principio a fin.

La narración es clara, ágil, plena de acción y en este caso, la intriga política y policial tampoco están ubicadas en un país indeterminado, fantasmagórico; al autor sólo le falta decir el nombre. Con destreza, pasa del análisis político al de los intereses privados, personales, egoístas; de la psicología del pueblo a la que corresponde a los gobernantes. Es una lectura que puede hacerse de un tirón si se dispone de unas horas.
Los hechos son descarnados como la luz de las tierras altas; con argumento y trama nítidos que se abocan al ambiente de crisis política, económica y moral del país. Es a través de la aventura de un agente policial que vivimos por dentro todas estas dificultades. Y a medida que avanzamos la lectura todo se acelera y nos sorprende con un final de alguna manera inesperado, después de haber navegado por la reflexión íntima de algunos de los personajes y habernos mudado a hechos que el narrador refiere sin perderse ni en descripciones que pudieran estar por demás ni en narraciones paralelas que podrían hacer menos concreta toda la historia.

Un agente policial ha recibido la orden de matar al presidente, pero él es leal y juega desde entonces a dos bandos. Es la consciencia de éste personaje la que nos lleva a esclarecer un país caótico y hundido en crisis permanente. Los intereses egoístas de poder político y las alianzas de conveniencia campean en medio de un pesimismo generalizado.

Sólo el presidente tiene una actitud extraña, digna de un thriller actual y recomendable para entender la realidad local. Se trata de un presidente extraño, único, peculiar el que da título a la obra: es consciente de sus defectos personales en cuanto a carencia de virtud y moral, pero ¿es vanidoso y no obstante se da cuenta de que lo es? No importa, él está convencido de que el pueblo se destruye a sí mismo, está desilusionado por lo que él mismo ha vivido a lo largo de su carrera personal. El amor a la patria y el amor a la familia están vibrando al mismo tiempo, pero el presidente ve una sociedad pegajosa en la familia y en la tradición cultural, cree que éstos son los motivos para que la patria no estar abierta a la modernidad. Tiene una visión descarnada de sí mismo pero también del pueblo, tanto, que planifica lo que nadie podría imaginar siquiera para salvar al país. Está convencido de que él no le hace daño al país. No es su propia angurria de poder sino la de los opositores la que pone en riesgo toda la empresa. 

La figura está clara.

UNA OBRA PARA UN NUEVO TIEMPO Y CON TÉCNICAS NARRATIVAS DEL PRESENTE



Manuel Vargas, Escritor

Un amigo poeta dijo una vez que, al escribir poesía, los temas de amor son los más difíciles, puesto que, aparentemente, "la poesía se hizo para escribir de amor".

En cuanto a la prosa, de la misma manera, lo más difícil es agarrar el tema político y salir con vida del intento. Pareciera que es de lo más fácil, tal vez debido a la idea de que en Bolivia existe una larga tradición al respecto. ¡Quién no critica y perora en prosa! Tristán Marof lo hizo en muchas de sus sátiras; Marcelo Quiroga, en Otra vez marzo. También me acuerdo de El honorable Poroto de Gustavo Adolfo Otero. No sé cuál de ellos salió mejor parado. Y ahora a Víctor H. Romero, se le ocurre en esta obra tomar parecidos caminos, pero en un nuevo tiempo y con técnicas narrativas del presente. Leyendo Yo, presidente, usted, lector, podrá comprobar si el susodicho salió o no salió vivo del intento.